Bañada por las cálidas aguas del mar Caribe, esta pequeña y apartada isla es considerada un paraíso del lujo, algo así como la ‘Costa Azul del Caribe’.
Vegetación exuberante, playas de verdadero ensueño y salpicada por exclusivos hoteles, en ella se conjugan con peculiar armonía el exotismo caribeño con el refinamiento francés más chic.

Fue descubierta por Cristóbal Colón, quien decidió bautizarla con el santo del nombre de su hermano: San Bartolomé (Saint Barthelemy o Saint Barth, en inglés). En el siglo XVII fueron los franceses quienes se establecieron en este pequeño paraíso por su estratégico puerto para, posteriormente, convertirse en la única posesión sueca en el Caribe. La herencia sueca se ve en la propia capital de la isla, Gustavia, que se llama así en honor a Gustav III.
A vista de pájaro, Gustavia es una ciudad llena de encanto, los tejados rojos de sus casas, escondidas entre la verde vegetación, así como su puerto (donde amarran infinidad de lujosos yates y veleros) conforman una estampa difícil de olvidar. Un encanto añadido es que en toda la isla está prohibido construir edificios altos, de manera que se pueden ver hoteles y villas desperdigadas aquí y allá, muchas de las cuales están a pie de playa.

Como corresponde a una isla de estas características, las playas de Saint Barth son una auténtica maravilla, una de las más conocidas es la de Saint Jean, donde se alinean hoteles y restaurantes de gran lujo. Sin embargo, esta pequeña isla tiene playas para todos los gustos: Anse Gouverneur, Anse de Grande Saline o Anse de Colombier. Recoletas y escondidas, son el lugar perfecto para perderse y disfrutar de una jornada de sol y playa inolvidable.




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